DEMOCRACIA O REINO
¿Vivimos según nuestra opinión o bajo la autoridad de Dios? Este mensaje confronta la mentalidad de ‘cada uno hace lo que quiere’ con el llamado a vivir bajo el Reino, donde Dios gobierna y Su voluntad está por encima de la nuestra.
Mayordomía: La Perspectiva del Reino frente a la Mentalidad de Propiedad
En el corazón de nuestra fe, a menudo nos encontramos cantando alabanzas que expresan una entrega total a Dios: "Todo lo que soy, te doy; todo lo que tengo es tuyo". Sin embargo, en el mismo ámbito, resuenan otras melodías que proclaman: "Lo que me has quitado, devolverás con creces", o "Soy cabeza, no cola", infundiendo una mentalidad de reclamación y propiedad. Esta aparente contradicción genera una confusión profunda, llevándonos a un desequilibrio mental y espiritual.
La pregunta fundamental que surge de esta dicotomía es: ¿realmente todo es de Dios, o hay cosas que nos pertenecen por derecho? La respuesta a esta interrogante es crucial, ya que define nuestra relación con Dios, con el mundo y con nosotros mismos. A lo largo de este capítulo, exploraremos la verdad bíblica sobre la propiedad y la mayordomía, desentrañando cómo una comprensión correcta de estos principios puede liberarnos de la ansiedad y el estrés, y alinearnos con el verdadero propósito del Reino de Dios.
La Contradicción en Nuestra Adoración
Nuestras canciones de alabanza a menudo reflejan una tensión entre dos visiones de la vida cristiana. Por un lado, expresamos un deseo de menguar para que Dios crezca, reconociendo que "todo lo que tengo es tuyo". Esta es una declaración de generosidad y sumisión, que se alinea con el Salmo 24:1: "De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan."
Por otro lado, entonamos himnos que nos animan a "pelear por lo nuestro", a reclamar lo que "nos pertenece" como hijos del Rey. Esta perspectiva, aunque busca empoderar al creyente, puede desviar la atención de la soberanía divina hacia una autoafirmación posesiva. La iglesia evangélica contemporánea a menudo promueve la idea de que somos "dueños" de bendiciones y territorios, lo que crea una profunda incoherencia mental y espiritual. Si todo es de Dios, ¿cómo podemos reclamar algo como nuestro?
El Origen Bíblico de la Mayordomía
La Biblia nos ofrece una clara distinción entre dominar y poseer. En Génesis 1:26-28, Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, dándole la orden de "señorear" (en hebreo, radá). Esta palabra significa "estar a cargo", "dirigir", "dominar" o "administrar", pero no "poseer" en el sentido de propiedad absoluta.
- Dios no entregó la propiedad: Adán no recibió la "escritura" del Edén ni de la Tierra. Dios lo puso como un administrador, no como un dueño.
- Rol de Adán: Su tarea era labrar, mantener, cuidar y administrar el huerto y toda la creación.
- La diferencia clave: Dios nos llama a dominar y administrar, a poner todo bajo Su autoridad y principios, pero no a ser propietarios. El dueño sigue siendo Él.
Esta es la orden original de Dios para la humanidad: ser mayordomos responsables de Su creación, no dueños que pueden hacer lo que quieran con ella.
Las Consecuencias de la Mentalidad de Propietario
La creencia de que somos dueños de nuestras posesiones, relaciones y hasta de nuestra propia vida, nos lleva a una serie de consecuencias negativas que operan fuera del modelo de la creación:
- Estrés y Enfermedades: La ansiedad, el estrés, la psoriasis, las úlceras, los problemas intestinales y las arritmias cardíacas a menudo tienen su origen en la carga de intentar controlar y defender lo que creemos que nos pertenece. Nos enfermamos al asumir un rol que no nos corresponde.
- Usurpación del Lugar de Dios: Cuando el ser humano intenta ocupar el lugar de Dios, se vuelve un "controlador enfermizo", queriendo manejar cada aspecto de su vida y entorno. Dios, a través de Su Palabra, "corta los hilos" de ese control ilusorio, dejándonos con una sensación de vacío y falta de control.
- Lenguaje Posesivo: La mentalidad de propietario se manifiesta en expresiones como "mi iglesia", "mi casa", "mi perro", "mis hijos", "mi ministerio", e incluso "mi cuerpo" para justificar acciones que van en contra de la voluntad divina.
- Conflictos y Egoísmo: Esta mentalidad nos lleva a "pisar la cabeza de los demás" para defender lo que consideramos nuestro, generando conflictos y un egoísmo que aleja de la verdadera comunión.
- Agotamiento Ministerial: Incluso los pastores, al creerse dueños de la iglesia o de la gente, experimentan un estrés abrumador que puede llevar a problemas de salud graves, al intentar manejarlo todo.
La Paz y Multiplicación de la Mayordomía
Adoptar la mentalidad de mayordomo, en contraste con la de propietario, transforma radicalmente nuestra experiencia de vida:
- Liberación de la Carga: Ser administrador implica un sentido de responsabilidad, pero sin el peso abrumador de ser el dueño. El capital lo mantiene el dueño (Dios), no nosotros.
- Paz y Relajación: Al entender que nada es realmente nuestro y que todo es de Dios, nuestra alma se relaja. Ya no intentamos ser Dios.
- Autoridad Delegada, no Absoluta: Dios nos da autoridad delegada para administrar, no autoridad absoluta para hacer lo que queramos. Debemos rendir cuentas de lo que se nos ha confiado.
- El Evangelio del Reino: Jesucristo nos enseñó a orar "Venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo" y a "buscar primeramente el reino". Esto implica reconocer que no vivimos en una democracia donde Dios fue elegido, sino en una teocracia, gobernada por el Creador legítimo.
- Multiplicación por Fidelidad: Cuando administramos fielmente lo que Dios nos ha dado (nuestros hijos, finanzas, dones, ministerios, tiempo), Él nos habilita para tener más. La fidelidad en la mayordomía abre las puertas a la multiplicación.
- La Religión vs. el Reino:
- La Religión a menudo promueve la idea de que Dios quiere que seamos dueños, nos insta a reclamar nuestra herencia y a luchar por nuestras bendiciones, lo que lleva a la ansiedad y a la manipulación.
- El Reino de Dios nos enseña que Dios es el dueño de todo, y nosotros somos Sus mayordomos. Esta perspectiva trae paz, ya que la responsabilidad final recae en el Dueño.
La Parábola de los Talentos: Una Lección Clave
La parábola de los talentos (Mateo 25:14-30) ilustra de manera contundente la verdad de la mayordomía. Un señor confía talentos (unidades de dinero) a sus siervos antes de partir de viaje. Los siervos no eran dueños de los talentos, sino administradores.
- Los siervos fieles: Los que recibieron cinco y dos talentos los invirtieron y los multiplicaron. Al regresar el señor, le devolvieron el doble, reconociendo que todo era del dueño. Fueron llamados "buen siervo y fiel" (o buen mayordomo, digno de confianza).
- El siervo infiel: El que recibió un talento, por miedo a perderlo, lo escondió. Su temor provenía de una mentalidad de propietario, de aferrarse a lo que creía "suyo". Fue llamado "mal siervo y negligente" y su talento le fue quitado.
Esta parábola nos enseña que la mayordomía fiel trae multiplicación, mientras que el sentido de propiedad y el miedo a la pérdida conducen a la esterilidad y la pérdida. Dios no comparte Su propiedad con nadie; si nos aferramos a algo como nuestro, Él puede quitarlo para recordarnos quién es el verdadero Dueño.
Aplicación Práctica
La comprensión de la mayordomía tiene implicaciones profundas para cada área de nuestra vida:
- Nuestras Posesiones:
- Casa y Bienes: Aunque paguemos por una casa o un auto, la realidad es que siempre estamos sujetos a impuestos y regulaciones. Si no cumplimos, nos pueden quitar lo que consideramos "nuestro". Esto nos recuerda que somos administradores temporales, no dueños absolutos.
- Dinero: Nuestro sueldo, nuestras finanzas, todo es una administración. La avaricia y el afán por acumular son contrarios al principio del Reino, donde el Rey distribuye y el mayordomo administra.
- Nuestras Relaciones:
- Hijos y Cónyuge: Nuestros hijos son "herencia de Jehová" (Salmo 127:3). No somos sus dueños, sino administradores. Si enfrentamos desafíos con ellos o con nuestra pareja, debemos reportarnos al Dueño (Dios) para que Él intervenga y ponga orden.
- Discípulos y Mentoreados: En el ministerio, los discípulos son una administración. Debemos tratarlos con respeto, amor y tolerancia, rindiendo cuentas a Dios por cómo los cuidamos, sin usarlos para beneficio personal.
- Nuestra Salud y Bienestar:
- Cuerpo: Nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo. Si enfrentamos una enfermedad, debemos presentársela a Dios, el Creador y Dueño de nuestro cuerpo, para que Él actúe y restaure.
- Nuestro Trabajo y Ministerio:
- Empresas y Empleos: Si un emprendimiento no funciona o un empleo se vuelve injusto, debemos comunicárselo al Dueño (Dios). Él es el responsable y el que puede mostrar la clave para destrabar la situación o intervenir.
- Dones y Talentos: Los dones son del Espíritu Santo, no nuestros. Debemos administrarlos fielmente para el propósito de Dios, sin apropiarnos de ellos.
Despojarse del sentido de propiedad nos permite soltar la carga de querer controlarlo todo, cambiarlo todo y obtenerlo todo. Nos libera de la ansiedad y nos permite descansar en la soberanía de Dios.
Reflexion
En esta jornada de vida, somos llamados a vivir bajo la perspectiva del Reino, no bajo la ilusión de una democracia donde nuestras decisiones y posesiones son absolutas. La verdad inmutable es que "nada es nuestro, todo es de Él". Dios es el Rey supremo, el Dueño de todo lo que existe: la tierra, su plenitud, el mundo, sus habitantes, el oro, la plata, las personas, nuestras vidas, nuestros sueños y nuestros planes.
Cuando abrazamos esta verdad, nuestra alma encuentra una paz profunda. La responsabilidad total recae en el Dueño, en nuestro Padre celestial. Nosotros, como Sus hijos mayordomos, somos llamados a administrar fielmente lo que Él pone en nuestras manos, conforme a Su voluntad y Sus principios. Esta fidelidad no solo nos libera de la ansiedad y el afán, sino que también nos habilita para recibir más de Su parte, para que a través de nosotros, Su Reino se manifieste y Su voluntad se haga en la tierra como en el cielo.
Que esta comprensión nos impulse a soltar toda carga, a entregarle a Él cada aspecto de nuestra existencia y a vivir con la certeza de que, al menguar nosotros, Él crece en nosotros y a través de nosotros, trayendo verdadera paz y multiplicación a nuestras vidas
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